Donde habita el Espíritu

En aquella aldea solo había un lugar al que acudir cuando necesitabas ayuda del Espíritu. Aquel que yo misma solía habitar cuando mis piernas no eran tan pesadas y mi cuerpo gozaba de la salud apropiada para subir y bajar de lo alto de la colina, donde el viento parecía susurrar secretos antiguos. Ahora allí, en la que antes había sido mi morada por largos años, había dejado a mi nieta y su esposo. Ellos eran el relevo, ellos debían ocuparse de los asuntos del alma de su pueblo.

 

Aura era mi viva imagen, con su larga melena negra y piel muy pálida, parecía casi de otro mundo entre el pueblo indigena. Cuando sonreía, sus ojos grandes y brillantes se encendían con una luz cálida, transmitiendo una sensación inmediata de hogar, de refugio. Bastaba un solo vistazo suyo para que supiera a qué venías. Tenía esa extraña habilidad de ver más allá de las palabras, de escuchar lo que tu alma no se atrevía a decir. Y yo por supuesto me sentía completamente orgullosa de que hubiese sentido el llamado, de que se hubiese abierto a él.

 

Para nuestro pueblo es muy importante la unión familiar, el clan. Y cuando Aura me vino a hablar de su romance y su voluntad de unirse al que ahora es su esposo, Qori, mi alma no podía estar más de acuerdo. Siempre supe que su unión les otorgaría un gran poder, y no me equivoqué. 

 

Él, era muy contrario a mi nieta, siempre serio, de ojos pequeños y profundos, mantenía las distancias como si cuidara un límite sagrado entre su mundo y el del resto. Rara vez intervenía; solo atendía aquellos casos que Aura no lograba resolver. Entonces, con serenidad  y un silencio casi sepulcral, aparecía en escena. Su presencia cambiaba el aire de la habitación: el tiempo parecía volverse más denso, más lento. El ritual que realizaban juntos era tan poderoso que requería la energía de ambos. Cada gesto, cada palabra, cada silencio tenía un propósito.

 

Siempre andaban juntos: él un paso atrás, discreto; ella adelante, sonriendo a todo aquél que se cruzaba. Una combinación extraña a simple vista, casi contradictoria, pero el poder que guardaban cuando se unían era mucho más importante que cualquier distracción exterior, y ellos lo sabían bien. No se dejaban arrastrar por lo mundano, pues habitaban el Espíritu. Vivían con un pie en este mundo y otro en lo invisible.

 

Ellos comprendían y se comprendían. Ellos amaban y se amaban. Ellos sanaban.

 

Habían aprendido a abrazar sus diferencias y a transformarlas. Habían podido transmutar aquello que aparentemente les separaba, convirtiéndolo en su mayor fortaleza. Lo habían transformado en su gran poder.

 

Ambos caminaban seguros de sí mismos, conocedores de una verdad que permanecía oculta para la mayoría: el poder de la vida no tiene una única fórmula. Hay tantos caminos como almas dispuestas a recordarlo.

Irene García

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